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Por Odón de Buen

Escrito en 2010

Hace un par de días, circulando por el sur de la Ciudad de México, me encontré con un letrero que invitaba a la población a ahorrar energía cambiando lámparas incandescentes por ahorradoras, y hacerlo por cortesía del gobierno local de la Delegación de Tlalpan.

Sin duda, se trata de una acción afortunada de las autoridades locales, aunque conviene señalar que este tipo de programas se ha convertido en una moda que rebasa no sólo las fronteras de esta delegación del sur del Distrito Federal, sino que llega hasta, prácticamente, la Patagonia argentina y es un coctel de programa de ahorro de energía, lucha contra el cambio climático y, por qué no, campaña política.

Todo empieza en California

El origen de estos programas se ubica en California, Estados Unidos, hacia finales de la década de los setentas, cuando las empresas eléctricas empiezan a actuar “del otro lado del medidor”, es decir, cuando dejan de preocuparse solamente por ampliar su capacidad de generación y se organizan para ayudar a los usuarios a consumir menos; todo esto en un sentido que también beneficia a las compañías. Con apoyo de brigadas de las propias empresas, se regalaba a los usuarios un producto que llevaba relativamente poco en el mercado y que, a su vez, había sido parte de las respuestas de la economía mundial al aumento de los precios del petróleo: la lámpara fluorescente compacta (LFC).

De manera simple, ésta involucra la misma tecnología de lámparas fluorescentes que la usada –hasta entonces y desde muchos años antes-, para iluminar locales comerciales, pero ahora con la particularidad de poder conectarla en el hogar igual que un foco incandescente convencional, es decir, mediante una rosca. Las LFC, que en un principio utilizaban pesados balastros electromagnéticos, se han ido modernizando con balastros electrónicos más ligeros y ampliando la variedad de formas en las que se presentan y el tipo de luz que emiten.

Pasa por México

En México, las lámparas fluorescentes compactas hicieron su aparición a finales de los ochentas. Inicialmente, a iniciativa del Dr. Ashok Gadgil, del entonces Laboratorio Lawrence de Berkeley (Laboratorio Nacional Lawrence de Berkeley), con apoyo de la Fundación Rockefeller y la participación de colegas como Rafael Friedman, se llevó a cabo una reunión de exploración en Monterrey entre fabricantes de lámparas y la Comisión Federal de Electricidad, para tener un programa similar a los aplicados en California.

Esa iniciativa no prosperó, por ser demasiado ambiciosa para ese momento, pero la reunión entusiasmó a los fabricantes y a funcionarios del programa de ahorro de energía de la CFE -entonces conocido como el PRONUREE- y llevó a que, con donaciones de lámparas por parte de los productores, se realizaran proyectos piloto en Hermosillo, Querétaro y Puebla. Más adelante, esto mismo condujo a que la CFE financiara su primer programa de sustitución de lámparas en la Ciudad de Valladolid, Yucatán, a principios de los años noventas.

La aparición del fondo conocido como el Global Environmental Facility (GEF), en 1992, propició que, por parte de organismos como el Banco Mundial, se buscasen proyectos orientados a reducir emisiones de gases de efecto invernadero; México, por su tamaño y su gran dependencia de combustibles fósiles para generar electricidad, apareció como el contexto adecuado para una de las primeras aplicaciones del fondo.

Fue así que, con base también en lo que ya se había avanzado en nuestro país, se diseñó e implantó el primer gran programa de ahorro de energía del GEF en el mundo (ILUMEX), y se llevó a cabo en las ciudades de Guadalajara y Monterrey, con el apoyo integral de la CFE, la cual creó dos fideicomisos para manejar los recursos.

El programa consistió, fundamentalmente, en la promoción por parte de la CFE, de la compra de lámparas ahorradoras entre sus clientes de menores ingresos, con la ventaja de que su costo se pagaba a través de la factura y sin tener que cubrir intereses. Igualmente, todas las lámparas fueron adquiridas por la CFE en una licitación que incluía la exigencia de normas técnicas que aseguraban alta calidad y rendimiento.

El programa, al final, logró sustituir cerca de 2.5 millones de LCFs y dio un enorme empujón al mercado de esta tecnología. Las acciones de este programa fueron continuadas por el Fideicomiso para el Ahorro de Energía Eléctrica (FIDE), que llegó a promover la instalación de más de 10 millones de LFCs en los años siguientes.

Pasa por Brasil y Perú

Los programas de recambio de lámparas incandescentes por fluorescentes compactas (o ahorradoras) fueron reproducidos y mejorados en dos experiencias nacionales, empujadas por crisis energéticas: Brasil y Perú.

En Brasil, la baja en los flujos de agua de sus grandes plantas hidroeléctricas a finales de siglo llevó, entre otras acciones, a la adopción urgente de las lámparas ahorradoras, que fueron una de las alternativas que tuvieron los usuarios para no ser multados por no reducir sus consumos de energía.

En Perú, una situación de limitada capacidad de generación condujo a un exitoso programa, que combinó el uso de la tecnología con campañas de concientización muy orientadas a la solidaridad social.

Igualmente, países como Colombia y Costa Rica han llevado a cabo programas similares a los de México, aunque en contextos menos presionados que los de Brasil y Perú.

Se va a Cuba

En el año de 1998, de la misma manera que pasaron por allí funcionarios de otros países por convocatoria de la Secretaría de Relaciones Exteriores, un grupo de más de una docena de funcionarios cubanos visitó México, teniendo como anfitriona a la entonces Comisión Nacional para el Ahorro de Energía (Conae) y realizando una serie de reuniones con diversos actores de los programas de ahorro de energía, entre ellos la CFE, en donde tuvieron conocimiento del programa ILUMEX.

Un par de años más tarde, una iniciativa de colaboración “sur-sur” entre México, Cuba y Sudáfrica, bajo el nombre de Sustainable Energy Policy Concepts (Sepco), patrocinada por el Gobierno de Alemania y operada por la Internacional Solar Energy Society (ISES), volvió a reunir a expertos mexicanos con cubanos en México, Cuba y Johanesburgo y a reiterar las experiencias mexicanas en programas de sustitución de lámparas.

Fue así como Cuba asimiló la experiencia y, a principios del presente siglo, obligada por circunstancias energéticas muy complicadas para la isla, inició sus propios programas de recambio, convirtiéndose en el país que más se ha involucrado en el uso de este tipo de tecnologías y en ser el primero, hace ya cinco años, en prohibir la importación de lámparas incandescentes.

Los programas cubanos se caracterizaron por involucrar brigadas que iban de casa en casa a ofrecer las lámparas ahorradoras y a ponerlas, personalmente, en lugar de las incadescentes. Este esquema, cabe decirlo, fue el que se aplicó originalmente en California a finales de los ochentas (aunque en este caso los que entregaron las lámparas fueron empleados de las empresas eléctricas y no miembros de una estructura política).

Llega a Venezuela

Quizá fue el propio cambio climático -no lo podemos asegurar- el que convirtió la experiencia cubana en materia de exportación, y su primer destino fueron las tierras bolivarianas: Venezuela.

Empujado por la falta de agua en su sistema hidroeléctrico, un crecimiento económico acelerado y la falta de inversiones en sistemas de generación de electricidad, el presidente de Venezuela encontró apoyo en Cuba para emprender acciones enfocadas a paliar sus problemas energéticos, y fue, precisamente, el programa de sustitución de lámparas el que se convirtió en la estrella del paquete de ayuda. En este programa, de acuerdo a diversos recuentos, se instalaron más de 50 millones de LFCs.

Se extiende a otras partes de América Latina

Al abrigo del ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) brigadistas cubanos y venezolanos, patrocinados por Venezuela, emprendieron entonces una campaña que se extendió a países con afinidad política en la región: Bolivia, Ecuador, Honduras, Panamá (con Torrijos) y Nicaragua, además de extenderse por varios países pequeños del Caribe. Estos programas resultaron en el recambio de otras decenas de millones de lámparas.

Regresa a México

Por supuesto, este tipo de programas no tiene patente Bolivariana, pero han regresado a México fuera del contexto de la empresa eléctrica nacional y al abrigo de gobiernos municipales y estatales, que se han animado, empujados en parte por organizaciones que promueven la venta de los llamados bonos de carbono,[1] a aprovechar las ventajas técnicas, económicas y -por qué no- políticas de ahorrar energía regalando, casi personalmente, lámparas ahorradoras.

En este sentido, hay que reconocer lo que se ha hecho en la Ciudad de Puebla, en el Estado de Coahuila y, ahora, en la Delegación Tlalpan de la Ciudad de México, para promover el uso más eficiente de la energía en los hogares.

¿Y ahora?

Este enorme empuje de las posibilidades de ahorro de energía de las LFCs ha llevado a la sustitución, según informes periodísticos, de más de 200 millones de lámparas incandescentes en América Latina, con resultados que parecen reflejarse en la reducción de la demanda eléctrica por las noches, en aquellos países donde se han instalado a través de los programas mencionados.

Sin embargo, el tono político que adquieren – como en el caso de los programas realizados en el contexto del ALBA – hace pensar que estos programas se quedan cortos en su diseño, particularmente porque, como lo demandaría cualquier programa que usa recursos públicos, en ningún caso se ha llevado a cabo un proceso de evaluación de impactos y de proceso ni se ha integrado una estrategia de recuperación de las lámparas fluorescentes compactas que ya no sirvan.

Igualmente – como en su momento se hizo como parte del programa ILUMEX – no es posible saber si las LFCs fueron de la calidad adecuada, si siguen funcionando, si los usuarios no regresaron a comprar las incandescentes cuando fallaron las ahorradoras, si se logró el impacto esperado y, como nos interesa a quienes queremos que haya transformaciones de fondo, si el mercado ya está abandonando realmente el uso de los focos incandescentes.

Lo más preocupante – y por eso lo reitero – es si se estableció (o, al menos, se está diseñando e implantando) el sistema para recuperar el mercurio que contienen las LFCs, el cual es un compuesto tóxico. Si no se atiende tal necesidad, se convertirá en el gran pasivo de esta tecnología y esto es responsabilidad de quienes han promovido los programas referidos.

En fin, los programas de recambio de lámparas incandescentes por ahorradoras, entre muchas otras cosas buenas, son ejemplo de iniciativas que, simultáneamente, promueven el ahorro de energía y gustan a los políticos (aspecto que no debemos soslayar quienes buscamos que se ahorre energía…). Sin embargo, la experiencia nos dice que el interés de los políticos es de corto plazo, mientras que el ahorro de energía es un esfuerzo de largo plazo, que puede interrumpirse por errores cometidos, precisamente, por esas prisas políticas que olvidan la parte que ya no les toca (los residuos) ni la rendición de cuentas (que se relaciona a llevar a cabo evaluaciones de los resultados de los programas pagados con recursos públicos).


[1] Que son certificados de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

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