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Entre 2010 y 2013 trabajé como lecturista de medidores eléctricos en la ciudad de Melbourne, una ciudad que por años consecutivos ha sido reconocida como la más habitable del mundo según un índice económico anual que normalmente coloca en la cima de su ranking a las mismas ciudades de Canadá, Australia y Escandinavia, y tal vez Japón y Corea del Sur.

Como lecturista eléctrico, por la naturaleza del empleo, tuve la oportunidad de conocer esta ciudad con un nivel de detalle casi exagerado, pues el tipo de trabajo implicaba acceder a todas las casas, negocios e instituciones para leer el medidor y tomar el registro del consumo de electricidad, para luego mandar la cuenta de luz. Desde entonces me pareció una especie de turismo obsesivo, apreciar cada jardín, fachada, pared, estacionamiento, torre y calle de la ciudad.

Para todo esto es importante destacar algunos detalles sobre la ciudad de Melbourne, antes de entrar en detalle. Una fiebre de oro a mediados del siglo 19, la convirtió en una de las ciudades más ricas del mundo, si no es que la más rica, y aparte del oro, la riqueza de Australia viene, según me cuentan, del comercio de la lana, es decir de los borregos. Se dice que Australia fue construida a cuestas de los borregos.

La ciudad, entonces, particularmente el centro, refleja varias etapas de riqueza, edificios de una época dorada, muchos de los cuales fueron derribados posteriormente para tratar de modernizar a la ciudad, hasta que alguien se dio cuenta del valor histórico de estas construcciones y se detuvo este proceso.

Entonces es una ciudad de un aspecto combinado, nueva en muchos sentidos, esplendorosa en otras, y en algunas construcciones, refleja también un periodo intermedio, con edificios de una etapa más bien avocada en la funcionalidad (edificios que ahora se pretende derrumbar).

Me he desviado del tema un poco, pero es para dar un poco de contexto. Ha cambiado mucho esta ciudad, con una transformación de lógica en la vivienda y en la distribución de la riqueza. Como en muchas ciudades similares, en décadas anteriores la gente con dinero vivía en los lustres suburbios aledaños con jardines grandes y los trabajadores vivían alrededor del centro de la ciudad. Se consideraba que los barrios del corazón de Melbourne eran fértiles centros de violencia, drogadicción, prostitución y una especie de “malandrismo” particular de este país, difícil de describir en términos de las versiones de criminales que subsisten en las Américas.

En algún momento se transformó esta noción de barrios pobres: empezaron a ser barrios con carácter, el grafiti dejó de ser contaminación para ser arte callejero, la mala reputación de algunas calles se volvió atractiva, como si vivir ahí fuera una osadía de alto valor social. En algunas de esas calles, las más cotizadas de barrios como Fitzroy, de un lado hay cafés veganos y del otro clínicas de rehabilitación.

Las propiedades del centro de la ciudad ahora cuestan millones de dólares y ahora las familias jóvenes han sido desterradas a los suburbios cada vez más lejanos. Es algo que no es particular de esta ciudad, aunque aquí se vuelve muy notorio gracias a que el centro de la ciudad no es solamente un centro financiero, sino también un centro físico con una periferia muy distinguible.

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Como lecturista, y como es natural al empezar un nuevo empleo, mis primeras rutas fueron en los suburbios del este de la ciudad, que siguen siendo zonas de alto valor económico. Las casas son grandes, los jardines amplios y, en lo que más nos concierne, el recorrido entre cada medidor (ubicado en los costados de las casas) o incluso junto a la puerta principal (no hay zaguanes) es de unos cien metros. Las rutas son de 300 medidores más o menos.

Más tarde, cuando empecé a afianzarme en el empleo, me fui acercando a los edificios del centro y a conocer realmente las entrañas de la ciudad, pero eso tomaría tiempo.

Al ingresar a este trabajo, que conseguí por medio de un amigo de una amiga fue inevitable pensar en la gran presencia de esta industria en nuestra familia, misma que siempre traté de evitar con mi preferencia por las humanidades. Y sin embargo, me tocó vivir la electricidad con suma cercanía en un contexto peculiar, no como ingeniero, ni como técnico, ni como científico, pero sí como alguien que se fue a buscar el paso de la luz por una ciudad de 4 millones de personas. Su relevancia tal vez sea que lo viví en medio de una época delicada para el consumo energético de nuestra especie y en un momento en el que el mismo trabajo que estaba empezando, comenzaba a ser eliminado por la automatización.

Fue como ser alcanzado por un rayo y reconocer que nuestras venas y arterias tienen un cableado particular.

 

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